Logonuevo

 
 

Este 16 de abril celebramos la Pascua de Resurrección. El texto, como siempre, Juan 20, versículos del 1 al 9.

En sí, nos narra cómo María Magdalena acude al sepulcro y al ver que estaba vacío piensa que han robado el cadáver, acude a avisar a Pedro y éste acude con otro discípulo, con el que nos podemos identificar (por eso el evangelista no le pone nombre), para ver lo sucedido y, entonces el discípulo entiende lo sucedido, entiende lo que Jesús dijo, entiende las Escrituras.

El evangelio nos pide un paso muy pequeño en la fe, sólo se nos constata el hecho del sepulcro vacío, el discípulo hace la lectura creyente del hecho al comprender lo que decían las Escrituras, que Jesús tenía que morir para Resucitar al tercer día. Todo lo contrario del texto del sábado por la noche, donde Mateo nos ha confrontado con el hecho de la Resurrección.

Podríamos centrar el comentario en muchos aspectos: que la primera persona que proclamó el Evangelio fuese una mujer, en la relectura de las Escrituras que se nos abre, en el hecho de que Pedro llegue más tarde o que viendo lo visto no lo comprenda, en la concepción dualista del hombre que este texto viene a destruir porque resucita el hombre entero, cuerpo y alma… Pero os propongo que nos fijemos en lo que el hecho de “creer” en la Resurrección supone en nuestra vida. El creer en Resurrección supone modificar nuestra forma de concebir el misterio de la vida y la muerte del hombre, la vida tiene un sentido, la esperanza; y la muerte también, la “Vida”. Nuestra existencia tiene un sentido nuevo a la luz de la Resurrección de Cristo.

Un sentido liberador, que nos permite actuar pensando no en lo que nos pueda pasar en esta vida, sino que podemos hacer lo que debemos hacer ya que nuestro final no es la muerte, sino una vida en plenitud en la que, ahora, sólo podemos creer y vivir en consecuencia

Este 9 de abril celebramos el Domingo de Ramos y el texto propio de hoy es Mateo 21, 1-11.

El texto nos presenta la Entrada de Jesús en Jerusalén, Mateo se esfuerza por que en este hecho se cumplan las profecías del Antiguo Testamento.

El día de hoy supone el pistoletazo de salida, el comienzo de la semana grande para todos los cristianos. En ella revivimos los hechos centrales de la muerte y Resurrección de la Palabra de Dios hecha carne en Jesús de Nazaret.

La gente de la época estaba esperando a un liberador, a un mesías político. Pero Jesús hacía tiempo que había hecho su opción por un mesianismo pobre y humilde, que hacía intuir el final que se aproximaba. Los judíos acudían en masa para celebrar su fiesta de la liberación, en la que recordaban la que había sido hasta el momento la principal intervención de Dios en su favor.

Pero lo realmente importante del texto es lo que supone para nosotros. Para nosotros hoy esta fiesta supone que Jesús, el Hijo de Dios, asume libremente, por amor, un destino que le llevará al Viernes Santo. Todo lo que había hecho y dicho hasta el momento le lleva a dos gestos que serán el motivo final de su arresto: la expulsión de los cambistas del templo y la parábola de los viñadores homicidas.

El hecho es que Jesús acepta la voluntad del Padre, la asume como propia.

Seguro que a nosotros nos cuesta más descubrir esa voluntad del Padre, pero cuando la percibimos también nos resistimos a aceptarla, nos cuesta. ¿Por qué nos cuesta asumir como propia esa voluntad que nos ha demostrado tantas veces que sólo busca nuestra felicidad, nuestro bien?

Este 26 de marzo celebramos el 4º Domingo de Cuaresma y leemos Juan 9, versículos del 1 al 41.
De nuevo nos encontramos con un texto amplio. En esta ocasión nos encontramos con un signo de las obras de Dios, la curación de un ciego de nacimiento al que envía a lavarse a la piscina de Siloé, que quiere decir “el Enviado”. Lo hace en sábado, y esto lleva a una controversia con los fariseos que le cuesta al ciego la expulsión de la comunidad judía.
El pasaje le sirve al evangelista para jugar con una paradoja: el ciego ve y los que no están ciegos ven.
Nos encontramos con diferentes actitudes ante la figura de Jesús, unos lo ven como maestro, otros como pecador, pero sólo el ciego lo ve como el enviado. Sólo los que tienen la humildad de reconocerse vinculados al Señor son capaces de descubrir la verdadera identidad de Jesús como señor de todas las cosas.
Lo cierto es que la enseñanza para nosotros hoy en esta cuaresma es que tenemos que despojarnos, que tenemos que abandonar nuestras seguridades, nuestros conocimientos, reconocer nuestra ceguera para poder ver, porque son, o somos quienes nos creemos en posesión de la verdad, quienes de verdad están ciegos, quienes como los fariseos no se enteran de qué va la fiesta.
La pregunta, en estos días de cuaresma, es sencilla ¿en qué grupo te sitúas? ¿estás dispuesto a perder tus seguridades? ¿te reconoces ciego o estás ciego?

Este 2 de abril celebramos el 5º Domingo de Cuaresma y leemos, en la versión larga del texto Jn 11,3-45, la Resurrección de Lázaro. Es el séptimo signo que escribe Juan en su Evangelio, esto es el signo culminante. Pero a pesar de que la liturgia y la tradición nos hablen de resurrección, es más propio hablar de resucitación. Como siempre, especialmente en Juan, los signos están en función de revelar la identidad de Cristo-Jesús. Un Jesús que, en este texto, revela sus dos naturalezas: la humana, llorando y la divina, resucitando a Lázaro.

La experiencia de la muerte es crucial para todos nosotros, lo que ocurre después es un misterio, lo que cada uno de nosotros esperamos de la fe en la resurrección es distinto y las experiencias y sentimientos que genera en nosotros nos configuran la vida. Según afrontemos esta fe nuestra vida se vivirá en la plenitud que nos permite disfrutar el saber que lo esencial no acaba aquí, sino que continúa aunque no sepamos cómo. O, puede hacer que nuestra vida se vaya amargando conforme vamos contemplando la decrepitud de nuestro cuerpo. Sea como sea, el texto de hoy nos invita permanentemente a eso, a creer que nuestra realidad no se acaba en este cuerpo que con el paso de los años se va estropeando, va enfermando y acaba como Lázaro en el sepulcro. Si algo nos enseña nuestra fe es eso… que nuestra vida no acaba en el sepulcro que continúa más allá si creemos en Jesús como el enviado de Dios.

Esa es la Resurrección en la que creo, ese final maravilloso del que hablaba un amigo mío, ese encuentro personal con Dios, esa vida en él, en la Vida, con mayúscula.

¿Qué concepción de la resurrección tengo? ¿Cómo preparo mi corazón para vivir esta Semana Santa, para revivir la Resurrección con mayúsculas que experimentó Cristo?

 

 

Este 19 de marzo celebramos el 3 er. Domingo de Cuaresma y leemos el pasaje de la Samaritana en Juan capítulo 4 vv. del 5 al 42.

En el marco de la cuaresma se nos ofrece este texto como clave de nuestro camino hacia la Pascua. Y ese camino pasa por reconocer en Jesús al Señor de nuestras vidas. Por descubrir en Él a aquel que puede satisfacer todas nuestras necesidades, como el que nos conoce de tal forma que nos puede satisfacer en todos los aspectos de nuestra vida. El texto nos muestra cómo todos, cualquiera, tenga la condición que tenga, podemos obtener esa revelación, cuanto más sencillos seamos, mejor, para llegar a confesar a Jesús como Señor de mi vida.

El pasaje nos presenta el proceso que se sigue para llegar a esa confesión, para obtener esa revelación. Al principio, el diálogo parece imposible. Jesús, en un primer momento, suscita la curiosidad en la samaritana, y comienza el diálogo, para después pasar a tocar su corazón, mostrando la esencia de su ser. Una vez que Dios ha entrado en nuestras vidas, no podemos sacarlo de ahí. Una vez que nos ha tocado el corazón no podemos por menos que pregonarlo.

Como telón de fondo está el tema del deseo, de la satisfacción del deseo, aunque sea de una necesidad tan humana como el beber. Y, ya sabéis, lo que eso supone. Nuestro deseo es insaciable y debemos de educarlo.La samaritana encontró la verdadera fuente de agua viva y su sed se calmó. Nosotros la tenemos permanentemente al alcance de la mano, y sin embargo, no nos paramos en el camino junto a ese hombre que espera en el pozo, signo de vida.

¿Reconoces a Jesús como Señor de tu vida? ¿Tienes curiosidad por Él? ¿Has dejado que toque tu corazón, que te conozca? ¿Te conoces a ti mismo para que Él pueda llegar a conocerte?

twitter

Síguenos en twitter

 

facebook