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MEDITACION ANTE CRISTO CRUCIFICADO

El Gólgota (palabra aramea que significa «cráneo») o Calvario (lugar de la calavera), era una pequeña colina situada fuera de las murallas de Jerusalén. Era costumbre realizar allí las crucifixiones. Los alrededores de aquel lugar se dedicaban a cementerio. Había varias tumbas particulares ?en una de ellas enterraron a Jesús? y otras eran fosas comunes para los cuerpos de los ajusticiados. La puerta de Efraim, abierta en la parte noroeste de las murallas, daba al Gólgota. Como el lugar era algo elevado, se podían ver las cruces y en ellas a los crucificados, desde la ciudad. Las ejecuciones eran públicas. Las autoridades buscaban con ello que sirviera como escarmiento para todos los ciudadanos. En el caso de Jesús tratarían a toda costa de evitar un amotinamiento popular.

En el Jerusalén actual el lugar más importante para los cristianos es la basílica del Santo Sepulcro, un enorme edificio que abarca el espacio donde estuvo la colina del Gólgota y la sepultura de Jesús, muy cercana a ella. En el interior de la basílica, hoy excesivamente recargada, con mucbos altares, imágenes, capillas, se puede ver parte de la auténtica piedra del Gólgota. Ante el altar de la crucifixión se puede incluso tocar esta roca, que fue empañada con la sangre de Jesús. El lugar es de plena autenticidad histórica.

La muerte en cruz la usaron los persas, los cartagineses y, en menor medida los griegos. La emplearon sobre todo los romanos, que la consideraban el suplicio más cruel y denigrante que existía. Lo reservaban para los extranjeros y sólo en escasas ocasiones se crucificaban a ciudadanos romanos. Era la pena de muerte que sufrían los esclavos. A los hombres libres se les podía crucificar por delitos de homicidio, robo, traición y, sobre todo, por subversión política,

Era costumbre desnudar a los crucificados para así aumentar su humillación. En el suelo se les clavaban los brazos al palo transversal que ellos mismos habían llevado hasta el lugar del suplicio. Los clavos se introducían en las muñecas, entre los dos huesos del antebrazo. De haberlos clavado en las palmas de las manos, el cuerpo se desgarraría del patíbulo por falta de sostén. Cuando los brazos estaban clavados, se izaba a los reos con sogas para colocar el palo horizontal sobre el vertical, que estaba ya hundido en la tierra. Se clavaban entonces los pies, introduciendo el clavo en el juego que hacen los huesos del tobillo. El dolor era indescriptible. Finalmente, se clavaba la tablilla de acusaciones en lo alto de la cruz para que fuera leída por todos.

La cruz no era esbelta, como algunas que se ven en las imágenes. Era más bien corta. Los pies del ajusticiado quedaban a muy poca distancia del suelo. Entre las piernas tenía el madero una especie de saliente para sostener el cuerpo, que quedaba así medio sentado. Se trataba con esto de evitar el desplome del reo hacia abajo. No por piedad precisamente, sino para prolongar lo más posible su tormento. Muchos crucificados permanecían días enteros agonizando sobre la cruz a la vista de los curiosos, rodeados de aves de rapiña. Si Jesús murió tan pronto fue porque al llegar al suplicio, estaba ya deshecho por las torturas. Generalmente, la muerte de los crucificados sobrevenía por asfixia. La tensa e insoportable posición de todo el cuerpo iba dificultando cada vez más la respiración y la circulación de la sangre, hasta que llegaba inexorablemente la muerte por la inmovilidad a la que estaba sometido el moribundo.

Recopilando los testimonios de los cuatro evangelistas tenemos las «siete palabras» de Jesús en la cruz, que son sus últimas palabras en esta tierra. La primera de ellas ?«Padre, perdónalos...»? se refiere a una costumbre religiosa de Israel. Por entender que toda muerte tenía un valor de expiación (de perdón, de rescate), aun a los delincuentes se les exhortaba antes de morir a que pronunciaran el llamado «voto expiatorio» con una fórmula que decía: «Que mi muerte sirva de expiación de todos mis pecados» (Que Dios me perdone). Jesús no dirá esto. Reivindica hasta el último momento su inocencia y no por orgullo ni testarudez. Por eso, subvirtió esta fórmula: que Dios perdone a los asesinos, ellos son los que están en pecado. Ellos, no saben lo que hacen.

En este episodio, la segunda palabra refleja la esperanza que Jesús mantuvo hasta el último aliento de su existencia de que Dios iba a intervenir de una forma desconocida para él, pero tan eficaz que lo liberaría de la muerte. Jesús esperó en el Gólgota la irrupción liberadora del Reino de Dios, por el que había luchado durante su vida. No se resignaba al desaliento, no admitía que Dios pudiera fallarle y esperaba contra toda esperanza. Ese «hoy» del que habla a su compañero de tormento indica lo inmediato que iba a ser el cambio que él esperaba. Hasta el final, Jesús fue un hombre amante de la vida, creyente en la vida. Esa vida que él reclamaba y esperaba de su Padre en medio de la agonía.

La tercera palabra se la dirige a María su madre y a su amigo Juan. Hay que resaltar que, en el último momento, fueron las mujeres más fieles a Jesús que los hombres. Ellas, las más «débiles» y las más «cobardes», según el tópico machista, se mantuvieron en pie ante aquel torturado que agonizaba, mostrando su fidelidad a Jesús y arriesgándose a las burlas de las autoridades, que le ridiculizaron hasta el último momento.

La cuarta palabra la conserven los evangelistas en griego y dan a la vez su traducción, como para causar mayor impacto en el lector, para hacer que se detenga especialmente en esta frase. Jesús se siente abandonado por Dios, ya no espera nada, experimenta toda su vida como un fracaso. «Elí, Elí, lemá sabaktaní» es la frase en griego. (Marcos la encabeza con la forma aramea, «Eloí, Eloí»). Jesús no llama a Dios como lo hacía habitualmente: «papá» (Abba). Le llama Dios. Lo siente lejano, distante, callado. Con estas mismas palabras comienza el salmo 22. Los evangelistas nos están indicando que en la cruz Jesús rezó con este impresionante grito de angustia y abandono de este salmo. Leyéndolo podemos descubrir cuáles fueron los sentimientos que tuvo su corazón antes de reventar a causa de aquella cruel tortura. Jesús, como todo hombre, experimentó en su conciencia una evolución, un crecimiento. Su fe también tuvo un desarrollo y él supo lo que eran las dudas, los altibajos, los temores. Esta cuarta palabra en la cruz es uno de los momentos más significativos para apreciar la profunda humanidad de Jesús, el camino de su fe y de su esperanza, camino difícil y doloroso.

La quinta palabra es un índice de la sed espantosa que su frían los crucificados y que era uno de los mayores tormentos del suplicio de la cruz. La continua hemorragia producida por los clavos deshidrataba al reo. A Jesús le acercaron en aquel momento una droga para aliviar el dolor. La sexta palabra ?«Todo se acabó»? indica la conciencia que tenía de la cercanía del fin. Jesús no perdió el conocimiento. Aunque extenuado por las torturas, vio llegar la muerte con plena lucidez. Su última «palabra» en este mundo fue un gran grito (Mc 15, 37), expresión de un dolor supremo y también de su suprema entrega en las manos de Dios en quien confiaba y a quien llamaba Padre. Para reflejar esta fidelidad hasta el final, Lucas dio a aquel grito inarticulado y desgarrador con que terminó la vida de Jesús la forma de una oración llena de confianza (Lc 23, 46; Salmo 31, 6).

Jesús murió. Murió realmente. Dejó de existir su vida terrena. Y cuando murió no sabía ni imaginaba que Dios lo iba a resucitar. No podía imaginarlo porque en el cuadro de ideas de su fe no entraba ni mucho menos esta creencia en una resurrección «individual e inmediata». Si Jesús hubiera muerto sabiendo que a los pocos días viviría nuevamente, su muerte no hubiera sido real ni humana ni dolorosa. Cuando pone su suerte en las manos de Dios, cree en El, espera en El, con la misma fe y la misma esperanza con la que en la muerte hacemos todos los creyentes el mayor acto de fe y de esperanza de toda nuestra vida. Y lo hacemos a ciegas, en medio del dolor terrible de que todo se acaba. En la muerte, como en la vida, él fue nuestro hermano. En la muerte, como en la vida experimentó la inseguridad y puso en Dios una difícil y dolorida esperanza con la que dar el salto final. Aquel en quien creemos es un crucificado. Siglos de historia, de cultura y arte han hecho del crucificado una joya, un adorno, motivo decorativo. Y la cruz no era otra cosa que un horrendo patíbulo. Y el crucificado, un maldito (Dt 21, 2?3). Hemos de ver en la cruz un cruel instrumento de tortura. Ver en Jesús -un guiñapo ensangrentado colgado de un palo? la revelación de Dios es un escándalo. No debemos acostumbrarnos, debe seguir escandalizándonos siempre. Es decir, sacudiéndonos, si queremos renovar en nuestra propia experiencia cuál fue la original fe cristiana.

La muerte en cruz significaba, por sí misma, la exclusión de la comunidad de Israel y de la comunidad romana. Jesús fue asesinado fuera de las murallas de Jerusalén, maldito por la ley de su pueblo, expulsado y marginado del sistema del imperio. Las instituciones políticas, religiosas, económicas, lo arrojaron fuera de su seno. En ese excomulgado creemos los cristianos. Nuestro Mesías es un «maldito» de las autoridades, y por eso, el poder injusto siempre «maldecirá» al verdadero cristiano y lo arrojará fuera, como a Jesús.                                                             EQUIPO DABAR


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